Foto por Michelle Nelson
Foto por Michelle Nelson

La morriña

Es una especie de conversación tabú  cuando eres un adulto. Nadie quiere decir que podrían extrañar a la casa, los padres, los amigos o a las mascotas. Pueden sentirse vulnerables o incluso avergonzados por sus emociones.

Es común pensar que eres el único que se siente de esta manera, en especial cuando todo el mundo se resiste a abrirse. A pesar de la caras felices que sus compañeros y compañeras de clase muestran, pueden ser que pasan por lo mismo.

Recuerdo la primera vez que  sentí morriña de verdad. Fue al final de mi primer día de clases. La novedad de mi apartamento había desaparecido y la comprensión de que yo estaba ahora viviendo fuera de casa me tocó. Me chocaron por sorpresa los sentimientos, porque cuando era niña nunca sentía morriña.

Iba corriendo a los campamentos de verano, casas de mis amigos y viajes de la iglesia con nada más que una sonrisa y un saludo de mis padres. No era que mis padres y yo no estábamos cerca. De hecho hasta este día estamos muy cerca. Me sentí segura y cómoda cuando me fui a los viajes.

Supongo que es por eso que me sentí tan sorprendido cuando experimenté la morriña por primera vez.

Acababa de terminar mi última clase del primer día de clases. Entré en el cuarto de baño y me permití llorar. No podía creer cómo de repente todas las emociones habían venido. ¿Por qué me siento tan mal? No era como si estuviera a miles de millas de distancia. Son unas míseras 300 millas de St. George a Ogden. Yo sabía que podía coger el teléfono en cualquier momento y hablar con mis padres, incluso hablarles por Facetime.

Aun así, la sensación de tristeza en mi pecho no me dejó y me fui a casa sintiéndome enferma del estómago.

Los sentimientos de morriña no sólo me hicieron extrañar a St. George, pero colocaron dudas en mi mente. ¿El venir aquí fue una buena decisión? ¿Me gustaría vivir aquí? ¿Qué pasaría si volviera? Esos pensamientos me volvían loca. Me quedaba atrapada en duda con cada decisión que tomaba.

Mis padres y amigos de casa me dieron consejos, apoyo y aliento, pero nada cambió hasta que decidí que estaba bien estar triste. Salí de mi ritmo al involucrarme. Puede sonar extraño, repetitivo o algo dicho de una madre, pero es verdad.

La miraba a los clubes y organizaciones en campus, buscaba en internet por un trabajo, tomaba unidades para ayudar a familiarizarme con el área y asistía a las reuniones de la iglesia. No rechazaba ninguna oferta de compañeros o compañeras a salir y hacer cosas, incluso cuando yo no tenía ganas de hacer mucho, además de dormir.

Todo no cambió mágicamente porque yo salí de mi apartamento, pero pronto el pesimismo que rodeaba mis pensamientos comenzó a despejarse.

Me involucré en diferentes clubes y organizaciones en el campus. Empecé a hacer amistad con mis compañeros y compañeras de clase. He encontrado un trabajo que me gusta y disfruto. Antes de darme cuenta, uno o dos días pasaran antes de recordar el llamar a casa. La morriña había amainado y sentí un cambio mental, también un cambio físico.

No se avergüence de que usted  siente morriña. Posea los sentimientos de que se puede hacer todo en su poder para trabajar a través la morriña. Recuerde que su tiempo aquí en la universidad no es permanente y hay que disfrutarlo cuando pueda.

Traducido por Taran Wheeler

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